Dicen que San Roque nació en Montpellier, en una casa de linaje noble, pero al morir sus padres y desde joven, su corazón eligió otra riqueza: la riqueza de la entrega. Vendió sus bienes y dejó atrás la comodidad para ponerse al servicio de los enfermos; así cuentan las voces antiguas que lo vieron partir con pocas cosas y mucha compasión.

Dicen que caminó hasta Italia cuando la peste asolaba ciudades y hogares. Allí, con manos sencillas y palabra serena, curó a muchos; su fama creció porque su caridad parecía rozar lo milagroso. Pero la misma enfermedad que él combatía lo alcanzó: y como se solía hacer en esa época, lo expulsaron del hospital, lo rechazaron en la villa y, herido y cansado, se internó en el bosque. Con ramas y paciencia, en una pequeña gruta, levantó una cabaña donde estaba seguro terminaría sus días.

Dicen que en aquella soledad no estuvo del todo solo.

Y es que una mañana, cuando más desahuciado de comida y fuerzas se encontró, escuchó unos pasos, enseguida se dio cuenta que no eran pasos de personas. Era un perro, que fiel le traía un panecillo y le lamía las llagas, y así hizo el animal durante muchos días, y poco a poco, la vida volvió al cuerpo de San Roque. Además, como podréis imaginar, el pan salía de algún sitio, y efectivamente, el perro se encargaba de aprovechar el despiste de un Señor para quitarle el pan y llevarlo a San Roque. Y esta acción, este señor la observó, y y su curiosidad hizo que siguiera al perro, y así descubrió a San Roque, que aunque estaba mejorando aún precisaba de cuidados. Y Este hombre creyente también en la misericordia de Jesús, se encargó de llevar a San Roque a su casa, y allí se restableció su salud.

San roque, viéndose con fuerzas decidió que era momento de volver, a su tierra natal, pero la historia no quiso darle un regreso fácil. Muchas eran las disputas entre Italia y Francia, y así en su propia tierra fue confundido con un espía. De hecho su propio tío, que entonces ejercía como alcalde, tampoco lo reconoció. Lo encerraron en la cárcel pública, y allí murió.

Y fue entonces cuando su tío, sólo al ver la cruz que llevaba grabada en el pecho —señal con la que había nacido— su tío comprendió la verdad. Y el pueblo, con asombro y devoción, comenzó a venerarlo.

Dicen que su intercesión contra la peste fue tan poderosa que su nombre cruzó fronteras: lo invocaron en ciudades y aldeas, en oriente y en tierras del norte; se formaron cofradías y su culto se extendió por el mundo.

En Alicante, cuando en 1559 la peste amenazó con llevarse a muchos, los vecinos se encomendaban a San Roque. Le erigieron una ermita en la falda del Benacantil, en la zona de la Ereta, y desde allí, dicen, se contempla una panorámica que vigilamel Mediterráneo y la Ciudad como un abrazo antiguo.

Dicen que cada 16 de agosto la gente subía a la ermita con banderas y grímpolas, que las calles se adornaban con arcos de follaje y que por las noches se escuchaban dulzainas y cantares. Se formaban fuentes pintorescas, se recreaban grutas que recordaban el rincón donde conoció a su noble perro, y el calabozo donde murió el Santo, y la fiesta se vivía con bailes y alegría compartida. Y aunque con los años muchas celebraciones cambiaron, la memoria quedó: de hecho la Concatedral de San Nicolás guarda también la imagen del Santo, lo reconocerás en el bonito e interesante Claustro, allí lo encontrarás junto a su perro. Por supuesto también queda la ermita en la Ereta, y sigue siendo un lugar de recuerdo y de esperanza para quienes conocen la historia.

Dicen que San Roque no es sólo un nombre en un calendario: es la historia de quien renunció a la herencia por amor al prójimo, de quien sufrió y fue sostenido por la fidelidad de un animal, y de quien, aun incomprendido y encarcelado, dejó una huella que la gente no pudo olvidar.

En estos tiempos en que la salud y la cercanía se vuelven preocupaciones compartidas, su figura vuelve a resonar como un faro de consuelo: no tanto por los prodigios, sino por la ternura de su entrega y la fuerza de la memoria colectiva.

Dicen que si subes a la Ereta en una tarde clara y miras hacia el mar, puedes entender por qué la gente lo quiso tanto: la vista del Mediterráneo, la ciudad a los pies y la ermita humilde parecen decir que la esperanza tiene un lugar donde reposar. Y si pasas por la Concatedral de San Nicolás, quizá te acerques a la imagen del Santo y pienses en la historia que te acabo de contar, como quien escucha una leyenda que se transmite al calor de la familia. Visita La Concatedral de Alicante, muchas más historias te esperan.